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DEPORTE EN ROSA
Todo lo que el deporte les debe a las mujeres
Sebastián Fest

Hace ya unos cuantos años, Gisela Dulko se quedó sin respuesta ante una pregunta que le llegó en Roland Garros: "¿Creés que tu carrera se vio beneficiada por el hecho de ser una mujer atractiva?". El desconcierto fue visible en el rostro de la entonces tenista. Hubo que repetir la pregunta apelando a una formulación más directa: "¿Te hubiera ido peor deportiva y económicamente de no ser linda?".

La pregunta era incómoda y la respuesta un problema. Mejor no meterse en ese terreno, Dulko no lo necesitaba. Lo que no quita que ese terreno existe: es un lugar con frecuencia complicado y traicionero para las mujeres que apuestan por ser alguien en el deporte, ya sea dentro de una cancha o en sus inmediaciones. Ese terreno es, a veces, incluso humillante.

Vuelve el recuerdo de Anna Kournikova, uno de los grandes símbolos sexuales de la historia del deporte femenino. ¿Jugaba bien al tenis? Sí, nada mal, y tenía talento en sus manos, aunque su saque fuera bastante mejorable. Eso sí, de haber sido "fea". ¿sería aún hoy una referencia en el tenis, deporte del que se retiró sin ganar siquiera un torneo?¿Alguien se acordaría de ella? ¿Le hubiera sucedido lo mismo a la muy bella Gabriela Sabatini? No, ella era, sobre todo, una tenista de juego celestial.

Aquella pregunta que Dulko no entendió es pertinente también si se pone el foco en el periodismo especializado en deportes. Piense, lector, en las características físicas que debe tener un conductor, panelista o cronista de un programa deportivo y será difícil negar que a las mujeres se les pide lo que no se les pide a los hombres. Más sencillo: se puede ser viejo o gordo, feo o pelado, todo junto o nada de eso, pero muy difícilmente influya para que un hombre gane o pierda un lugar en la televisión si se trata de un muy buen periodista o de un comunicador carismático. Pregúntenle a una mujer si puede ser talentosa profesional y además vieja o gorda, fea o pelada, todo junto o algo de eso y ganarse un lugar en la pantalla.

El deporte -el asunto que nos ocupa, aunque el tema exceda largamente ese ámbito- le pide a las mujeres lo que no les pide a los hombres. Por supuesto que también les da: las mujeres aprenden tanto como los hombres en y del deporte, las mujeres celebran y disfrutan, se hacen mejores personas pateando una pelota, empuñando una raqueta o colocando una trompada bien dada. Pero el deporte también las utiliza de una manera que nunca podría suceder con un hombre.

Pregúntenle si no a Fatma Samoura.
Perdón. ¿a quién?

Fatma Samoura, la senegalesa que asumió hace 10 meses como secretaria general de la FIFA. No exagera aquel que diga que no se le conoce la voz. Su presencia e influencia públicas tienden a cero. Gianni Infantino, jefe de la FIFA desde hace un año, impactó en su momento con una decisión que llevaba un triple mensaje: había elegido como mano derecha a una mujer, a una negra, a una africana. Todo un quiebre en ese organismo con ínfulas de Estado e históricamente colonizado por suizos y alemanes de blanquísima piel. Pasado el tiempo, hay fuertes señales de que Infantino utilizó a Samoura, de que ahí hubo mucho de maniobra para aprovechar su triple condición. La nueva FIFA debía darle el poder ejecutivo al secretario general y convertir al presidente en una figura fuertemente representativa y con menos funciones que hasta ahora. Nada de eso sucedió, manda el presidente igual que siempre o quizás más que nunca. Pero Infantino siempre podrá exhibir a Samoura: negra, africana y mujer. La verdad es que nadie le haría eso a un hombre.

Aun así, no todos los hombres son iguales. No todos necesitan ser jefes en el templo de la masculinidad y enviar al rincón a las mujeres. No lo necesitan los brasileños, por ejemplo. ¿Quiénes quieren más al fútbol, ellos o nosotros? Empate, seguramente, aunque hay un aspecto en el que mano a mano nos golean. Fue evidente en agosto del año pasado en Río de Janeiro, con casi 70.000 personas agotando hasta la última butaca para alentar a su selección de fútbol femenina. Sí, decenas de miles de hombres eufóricos coreando "¡Marta, Marta!" en el Maracaná, celebrando jugadas y gritando goles de mujeres. Ninguna de ellas fue enviada a lavar los platos, ni a planchar, ni a cocinar.